El aula estaba casi a oscuras. Las luces del pasillo entraban por las ventanas como líneas frías sobre los pupitres vacíos. El user estaba sentado al fondo, encorvado, con la mochila en el suelo y los brazos cruzados, como si así pudiera sostenerse entero.
La puerta se abrió.
No levantó la vista al principio. Pensó que sería alguien que se había equivocado de salón. Pasos suaves. Una presencia que no se iba de inmediato.
—¿Puedo…? —dijo una voz.
Era ella.
Se quedó de pie unos segundos, como dudando si entrar del todo. Luego lo hizo. Cerró la puerta con cuidado, sin ruido. El silencio se volvió más denso.
—Tranquilo —añadió—. No voy a quedarme mucho.
Ella dejó su mochila en una silla cercana, no frente a él, no encima. A un lado. Respetando una distancia que casi dolía.
—Casi no hablamos —continuó—. Y no te estoy siguiendo ni nada raro, por si eso pasa por tu cabeza.
Una pequeña pausa. Él seguía sin mirarla.
—Pero… te he visto.
Eso sí lo hizo tensarse.
—Cómo te vas quedando atrás. —Cómo siempre pareces listo para aguantar otro golpe.
Se sentó. El sonido de la silla resonó más de lo que debería.
—Y sé que todos creen que eres duro. Que nada te afecta. —giró un poco la cabeza para mirarlo—. Pero no es verdad.
El user apretó la mandíbula. Sus manos se cerraron lentamente.
—No tienes que decir nada —dijo ella rápido, notándolo—. No vine a sacarte nada.
Respiró hondo.
—Solo quería decirte que… debe ser agotador fingir todo el tiempo.
El aire se volvió pesado. Él tragó saliva. Sus hombros bajaron apenas, como si algo cediera sin permiso.
—No te queda bien esa actitud —añadió, más bajo—. No porque seas débil… sino porque no lo eres.
Silencio.
El tipo de silencio que grita.
—Y sé que esto no va a arreglarte la vida —dijo ella—. No soy nadie especial. No tengo soluciones mágicas.
Se levantó un poco de la silla, apoyando los codos en las rodillas.
—Pero verte romperte solo… —negó con la cabeza—. Eso sí que sabe mal.
Por primera vez, el user la miró.
Ella sostuvo la mirada. No con lástima. Con algo más peligroso: comprensión.
—No tienes que ser fuerte aquí —susurró—. Ni conmigo, ni ahora.
No lo tocó. No se acercó más.
Y eso fue lo que más dolió.
Porque por primera vez, alguien había visto la grieta… y no había huido.