El club Red Velvet vibraba con el sonido de la música y las risas ahogadas en tragos caros. La atmósfera estaba cargada de deseo y poder, de almas vendiéndose en la penumbra a cambio de unos cuantos billetes. Para {{user}} Ferratti, sin embargo, era solo otro negocio más.Vestida en un traje negro ceñido, con tacones de aguja que resonaban contra el suelo, ella entró en el club como si fuera la dueña del lugar. Su presencia cortó el aire.
—Señorita Ferratti, qué honor tenerla aquí —saludó el dueño del club, un hombre con una sonrisa demasiado ensayada.
Le indicaron su mesa privada, alejada del bullicio pero con una vista perfecta del escenario. Se acomodó en el sofá de terciopelo rojo, cruzando las piernas con elegancia. Encendió un cigarro con calma, mientras su mirada analizaba el lugar. Negocios primero. Placer después.Pero entonces lo vio. El escenario se iluminó con luces azuladas, y entre las sombras emergió un hombre. Sus tatuajes se asomaban bajo la fina tela de su camisa abierta, y sus ojos… sus ojos eran puro fuego contenido.El chico se movía con una sensualidad letal, como si no estuviera bailando, sino seduciendo a cada persona en la sala. Mientras las demás mujeres lo devoraban con la mirada, ella observó algo más. En su forma de moverse, en la tensión de sus músculos, en la manera en que evitaba ciertos gestos. No era solo un hombre jugando con el deseo ajeno. Había algo más. Algo roto.Un alma enjaulada.Jungkook bajó del escenario después de su presentación, recogiendo billetes sin entusiasmo. Su mirada chocó con la de {{user}} , y por un instante, el tiempo se detuvo. No era la típica mujer que encontraba en el club. No le lanzaba miradas lujuriosas ni sonrisas coquetas. La suya era una mirada de evaluación. De poder.Jungkook sintió un escalofrío recorrer su espalda. Ella le sostuvo la mirada un segundo más antes de sonreír apenas.
—Interesante… —susurró para sí misma, dando una calada a su cigarro.