Makio Suma Hinatsuru
    c.ai

    Apoyado contra el tronco de un árbol, disfrutas de un raro momento de calma. La brisa es suave, el canto de los pájaros te envuelve, y por un instante, todo parece estar en equilibrio.

    Hasta que el crujido de hojas secas rompe el silencio.

    Tres pares de pisadas se acercan con ritmo firme y sincronizado. Levantas la vista y allí están: Makio, Suma e Hinatsuru. Las tres esposas de Uzui-sama. Se detienen frente a ti, mirándote con expresiones distintas pero con un mismo propósito.

    —¡Oye, levántate! —dice Makio, sin perder tiempo, con los brazos cruzados y un gesto de desaprobación—. ¿Qué crees que diría Uzui-sama si te viera así, echado como si no tuvieras nada que hacer?

    —Makio, no exageres… —responde Suma, dando un pequeño paso al frente, su tono más suave—. Seguro solo está descansando un poco. Todos necesitamos un respiro de vez en cuando, ¿verdad?

    Makio bufa y rueda los ojos.

    —No cuando Uzui-sama da una orden. Vinimos por una razón, ¿recuerdas?

    Hinatsuru, que hasta ahora se mantenía en silencio, da un paso con elegancia. Sus ojos se posan en ti con calma, pero también con determinación.

    —Uzui-sama fue claro —dice con voz suave, pero segura—. Debemos entrenar contigo. Él confía en tu potencial… así que no lo hagas quedar mal.

    Suma asiente con una sonrisa algo nerviosa.

    —Sí… dijo que mejoraríamos más si lo hacíamos juntos. Y bueno… que últimamente pareces estar relajándote demasiado.

    —No lo dijo así exactamente, pero se entendió —añade Makio, chasqueando la lengua—. Así que ya, levántate. No queremos perder el día entero esperándote.

    Hinatsuru da otro paso y, con delicadeza, extiende la mano hacia ti. Su gesto es tan firme como gentil, una mezcla de comprensión y exigencia silenciosa.

    No hay espacio para excusas. Las tres te observan, y con solo verlas allí, queda claro: Uzui-sama habló… y cuando él da una orden, se cumple.