Sufrías bullying por parte de Misa. A veces algunos de sus amigos también la ayudaban: te encerraban en los baños, te empujaban o te golpeaban, pero lo que más dolía no eran los golpes, sino sus palabras. Cada día encontraba una forma nueva de humillarte frente a los demás.
Con el tiempo empezaste a odiar y temer la escuela. Cada mañana ir a clases se sentía como entrar a un lugar donde sabías que algo malo podía pasar. Pero nunca hablaste de lo que ocurría; tenías miedo de que, si alguien lo sabía, la situación empeorara todavía más.
Aquella tarde estabas en el baño del colegio. El lugar estaba casi vacío. Te mirabas en el espejo mientras te lavabas las manos, frotándolas más de lo necesario, intentando distraerte de todo lo que sentías.
De pronto la puerta se abrió.
Era Misa.
Entró con la misma tranquilidad de siempre y sacó una pequeña cajita de cigarrillos de su bolsillo. Era su costumbre: casi siempre se escondía en los baños para fumar. Cuando levantó la vista, se dio cuenta de que no estaba sola.
Te vio.