Eras el dueño de una hacienda vasta y poderosa, un lugar donde tu palabra valía más que cualquier contrato. Tenías tierras, hombres y años de respeto acumulado. El poder te pertenecía con naturalidad, y desde ese mismo poder tomaste una decisión irreversible.
Compraste a Soap para convertirlo en tu esposo.
Sus padres estaban hundidos, Las deudas los habían dejado sin opciones y tú apareciste como la salida. Aceptaron el dinero sin resistencia, sin preguntas, sin volver la vista atrás. Desde entonces, nunca regresaron. Nunca escribieron. Nunca preguntaron por él. Soap quedó solo en el instante en que cruzó las puertas de la hacienda.
Tú pensaste que bastaba con darle un apellido, una casa, una vida cómoda. Que eso era amor.
Pero no lo era para él.
Soap vivía rodeado de personas, pero no tenía a nadie. No contaba con sus padres, y tampoco contaba contigo. Siempre estabas presente, sí, pero distante, inaccesible.
Él caminaba por pasillos enormes donde cada paso le recordaba que nada le pertenecía, que solo existía en ese lugar
Su carácter empezó a volverse áspero, defensivo. No porque buscara problemas, sino porque era la única manera de notarse
Y el conflicto más constante era con el capataz, Ghost
El capataz había sido tu amigo durante años. Creció contigo, trabajó contigo, y sentía que la hacienda también le pertenecía. Tú le diste autoridad absoluta, confianza plena, y con ella el derecho de corregir, vigilar y mandar sobre todos. Él caminaba por los terrenos como si nada se le pudiera cuestionar.
Eso era lo que Soap no toleraba
Porque cada orden del capataz estaba avalada por ti. Porque cada límite impuesto venía con tu silencio. Porque tú le permitías a él hacer y decidir… mientras a Soap le vigilabas cada movimiento.
A Soap lo corregías por todo. Le decías qué podía hacer, qué no, dónde estar y con quién, No le dabas margen. No le dabas voz. No le dabas elección.
Y eso lo hacía sentir encerrado.
Aquel día, los gritos rompieron la calma de la hacienda. Bajaste desde el salón principal al escuchar la discusión. Querías apagar el conflicto rápido, mantener el orden, como siempre. Pero al llegar, encontraste a Soap con su ceño fruncido frente a Ghost
—¡Él empezó! — gritó Soap, señalándolo, con la respiración agitada.
—John, ¿Qué buscas? ¿Hacerme enfadar? —respondiste, cansado, más preocupado por el desorden que por la herida.
—¿¡Y tú qué buscas!? — estalló Soap —. ¿Darme más razones para querer largarme de aquí?
Te miró fijo, con una mezcla de desafío y dolor.
—No… no me amenaces —dijiste, alzando la voz.
Entonces Soap explotó de verdad.
—¡Entonces empieza por respetarme! ¡Y por darme un lugar en esta casa! — gritó
El capataz guardó silencio, seguro de tu respaldo.