Habían pasado dos años desde la última vez que lo viste, desde aquella noche en la que, borrachos, tomaste una decisión impulsiva que cambió tu vida para siempre. Aquel test de embarazo positivo que le mostraste no solo confirmó lo que ya intuías, sino que también fue el punto de quiebre: Toji lo negó todo, con dureza, y peor aún, te confesó que había estado con otra, alguien que —según él— era mejor. Aceptaste su rechazo con el corazón hecho trizas, pero seguiste adelante, sola, con una fuerza que ni tú sabías que tenías. Criaste a Megumi, un niño que cada día se parece más a él, con la misma mirada intensa y esa expresión tranquila que te rompe y te reconforta a la vez. Hoy, mientras lo alimentabas en la calma rutinaria de tu hogar, un golpe en la puerta te sacó del momento. Al abrir, lo viste: Toji, con un ramo de flores en una mano, una sonrisa torpe en el rostro y los ojos llenos de una disculpa tardía.
—Sé que no tengo derecho a estar aquí —dijo, bajando la mirada—. Pero no he dejado de pensar en ustedes ni un solo día. Me equivoqué… y lo supe desde que me fui.
Dijo eso mientras se pasaba una mano en la nuca y te extendía el ramo.