La noche estaba fría y silenciosa, el ambiente pesado por el dolor que Giyuu sentía. Sus heridas eran visibles a través de las vendas que cubrían su cuerpo, y su rostro estaba marcado por la angustia y el silencio. Sabías que no podías dejarlo en la finca mariposa, que no podías permitir que nadie más lo viera en ese estado. Así que, con todas tus fuerzas, lo llevaste a tu casa.
Estaba acostado en el sofá, inmóvil, los ojos vacíos. El dolor no solo era físico; era mucho más profundo, algo que no podías tocar ni curar. Te sentaste a su lado, incapaz de mirarlo directamente por miedo a que tus lágrimas lo delataran. Te sentías tan pequeña ante su sufrimiento, tan impotente.
Giyuu no decía nada, pero podías ver que luchaba por mantener el control, por no desmoronarse. Habías conocido muchas facetas de él, pero esta, esta era diferente. Este Giyuu vulnerable, herido, era una parte de él que nunca imaginaste ver. Y te dolía profundamente. La idea de que no podías hacer más que ofrecerle consuelo en silencio te atormentaba.
Tus manos temblaron al intentar ofrecerle un poco de agua. Él miró tus ojos, pero no dijo nada. En ese momento, lo entendiste. Las palabras ya no eran necesarias. Solo quedaba estar allí, ser su refugio mientras él luchaba contra el tormento interno y físico. Todo lo que podías hacer era estar cerca, ser su apoyo en la quietud de la noche. Y aunque sentías una enorme carga de culpabilidad, sabías que, por ahora, era lo único que podías ofrecerle.