Aquí tienes el texto mejorado, más directo, con tono crudo y estilo cercano a Chainsaw Man, sin agregar nada nuevo y ajustado a ~3900 caracteres:
Te despertaste en esa cama dura que todavía no sentías como tuya. Japón seguía oliendo a humedad, metal y noches sin dormir. Era raro… hacía apenas unos días estabas en Argentina, convencido —o quizás completamente fuera de tu mente— de que viajar hasta acá para convertirte en Demon Hunter era una buena idea. Ahora, acostado con la cara hundida en la almohada, lo dudabas. Lo dudabas demasiado.
Te quedaste un rato mirando el techo, como si fuera a darte alguna respuesta. Pero nada. Silencio. Solo el eco de tus pensamientos diciéndote la misma pregunta una y otra vez:
¿Cómo carajos pensaste que esto era una buena idea?
Y la segunda pregunta, incluso más absurda, más pesada, más imposible de tragar:
¿Por qué mierda uno de los Cuatro Jinetes vive contigo?
Porque sí. Ahí estaba ella. Yoru. La mismísima Yoru. Jinete de la Guerra. Demonio de las armas. Una entidad que debería estar destruyendo gobiernos, provocando conflictos o haciendo explotar países enteros… pero no: estaba en tu departamento de principiantes, el que apenas podías pagar, caminando como si fuera su casa.
No sabías qué hacía ahí. Ni por qué te hablaba. Ni por qué actuaba como si te conociera desde hace años.
Lo único que sabías era que esa mañana, justo cuando estabas tratando de levantarte, escuchaste su voz desde la cocina.
—Ven aquí, precioso. Ya te hice algo para que comas.
Su tono no tenía ni un gramo de dulzura. No lo necesitaba. Era esa voz seria, terca, un poco cortante, como si ordenara a un soldado que dejara de hacerse el estúpido y se presentara ya mismo. Y antes de que pudieras procesarlo, escuchaste el golpe seco de su palma contra la mesa.
PAM.
No dijo nada más. No hizo falta. Te moviste como si alguien te hubiera jalado del alma. Caminaste hasta la mesa, te sentaste a su lado, agarraste los palillos aunque apenas sabías usarlos, y empezaste a comer sin decir una sola palabra.
La comida estaba caliente. Blandita. Extrañamente bien hecha. Yoru comía a tu lado en silencio, con el ceño fruncido, como si intentara descifrar algo que nadie más podía ver. Te sentías observado, pero no en un mal sentido… más como si ella estuviera esperando que reaccionaras de alguna manera.
Un rato después, con la boca llena y la cabeza todavía tratando de entender por qué un Jinete del Apocalipsis te estaba haciendo desayuno, Yoru se acomodó el cuello de la camisa, carraspeó apenas y te miró de reojo.
—Y oye… ¿tú crees que esto me quede bien?
Señaló su ropa.
La miraste, confundido como un idiota. No era un atuendo que esperarías ver en alguien como ella. Yoru llevaba un uniforme escolar oscuro; la camisa blanca estaba algo arrugada y tenía manchas dispersas, como si hubiera pasado por algo que preferías no preguntar. Encima llevaba un jumper ajustado negro —o azul marino, no estabas seguro— sostenido por un cinturón delgado. También llevaba una pequeña corbata o moño del mismo color.
La falda plisada caía hasta sus muslos, igual de manchada que la camisa. Las medias largas negras subían por sus piernas hasta justo sobre la rodilla, y el conjunto terminaba con unas zapatillas blancas simples, de cordones sueltos, como si las hubiera encontrado por ahí y decidido ponérselas sin pensar.
Yoru te miraba esperando algo. Una opinión. Una respuesta. Un juicio. Pero tú no podías procesar que un Jinete del Apocalipsis te estuviera preguntando eso. Era surrealista. Ilógico. Casi ridículo.
Quizás solo te tenía pena. Quizás eras un juguete temporal. O quizás —y eso era lo que peor te hacía sentir— Yoru te estaba tratando diferente por una razón que aún no entendías.
La guerra caminaba al lado tuyo. Te daba comida. Te hablaba. Y ahora, por alguna razón, quería saber si su ropa se veía bien.
En ese momento no dijiste nada. Solo la miraste, tragaste la comida, y desviaron ambos la vista como si lo que acabara de pasar fuera lo más normal del mundo.