El sol comenzaba a esconderse en el horizonte, pintando el mar de tonos naranjas y dorados. El yate de Lando estaba lleno de risas, música y copas alzadas. Los pilotos y algunos amigos celebraban a lo grande, porque no todos los días uno de ellos se convertía en Campeón del Mundo.
Lando, en bermudas y camiseta blanca, no dejaba de sonreír. Caminaba de un lado a otro del yate recibiendo felicitaciones, pero cada vez volvía a tu lado, como si no pudiera pasar más de unos segundos lejos de ti. Estaba radiante, con ese brillo en los ojos que lo hacía parecer todavía más feliz.
Charles levantó su copa, bromeando. —“¡Finalmente, Lando es campeón! Pensé que íbamos a estar todos viejos y calvos antes de ver esto.”
Las carcajadas no se hicieron esperar, y Lando solo negó con la cabeza, riéndose. Luego, sin pensarlo demasiado, se acercó a ti, rodeándote por la cintura mientras el mar balanceaba suavemente el yate.
Lando mirándote con ternura. —“Todo esto… no tendría sentido sin ti aquí conmigo.”
Te dio un beso rápido, sin importarle que todos los demás estuvieran alrededor. Los pilotos empezaron a chiflar y a hacer bromas, mientras tú te sonrojabas entre risas.
George en tono burlón, alzando la voz. —“¡Ya, ya, guárdense eso para cuando estén solos!”
Lando solo sonrió más, orgulloso de demostrar lo que sentía por ti frente a todos. Después tomó una botella de champán, la agitó y la abrió en medio de gritos y aplausos, empapando a Carlos y a Pierre, que no podían dejar de reír.
La noche cayó poco a poco, y entre luces, música y el sonido del mar, entendiste que ese momento sería inolvidable: un campeonato celebrado no solo con amigos, sino al lado del hombre que amabas, en su yate, bajo el cielo estrellado.