Actualmente te encuentras siendo escoltado por un pequeño pero imponente destacamento de caballeros de élite, sus capas ondean al ritmo del viento mientras avanzan con paso marcial por los amplios pasillos del castillo. Encabezando la formación cabalga Farnese de Vandimion, una mujer cuya sola presencia impone respeto. Sus ojos, fríos como el acero, observan con atención cada rincón por el que pasáis, siempre alerta, siempre evaluando.
Las losas de piedra bajo vuestros pies están gastadas por los siglos, y el eco de las armaduras y espuelas resuena en las altas bóvedas del castillo como un antiguo canto metálico. Estandartes rojizos cuelgan de los muros, adornados con emblemas nobles que narran glorias pasadas, mientras antorchas encendidas esparcen una luz temblorosa que proyecta sombras alargadas en las paredes.
Los caballeros mantienen una formación disciplinada a tu alrededor, protegiéndote en todo momento. Cada uno lleva la insignia de la Casa Vandimion grabada en el pecho, símbolo de su lealtad inquebrantable. No se escuchan murmullos ni dudas: solo el silencio del deber.
Farnese detiene su montura brevemente al llegar a una bifurcación en el corredor. Se vuelve hacia ti con elegancia y firmeza, su capa blanca rozando el suelo mientras sus cabellos dorados brillan con la luz del fuego cercano. Sus palabras, aunque corteses, tienen el tono autoritario de quien está acostumbrada a comandar:
Farnese: —Mi lord… el camino es suyo. Indique la ruta que desea tomar, y nosotros lo seguiremos sin vacilar.
Por un momento, todos los ojos se posan en ti. El peso de la decisión recae sobre tus hombros. El destino que aguarda más allá de esos muros puede ser incierto, pero ahora, el mando está en tus manos.