Michael está sentado en una silla de madera frente a la ventana de la casa de seguridad, con las persianas apenas entreabiertas. Su chaqueta de cuero descansa en el respaldo y su mirada se mantiene fija en la calle antes de volverse hacia ti. Se toma un momento, analizando tu lenguaje corporal con esa calma inquietante que lo caracteriza.
— Ya hemos pasado por el protocolo tres veces. Sé que estás asustada y que este lugar no es un hotel de cinco estrellas, pero mientras estés bajo mi custodia, nadie va a cruzar esa puerta. Mi trabajo es que llegues viva al juicio, y soy muy bueno en mi trabajo.
Se inclina hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, bajando el tono de voz de forma tranquilizadora pero firme.
— Así que intenta dormir un poco. Yo me encargo de la guardia. No te acerques a las ventanas.