El estadio estaba repleto, y el aire vibraba con los gritos de la multitud. Era el partido más importante del año, y Ben Benson lo sabía. Sus compañeros dependían de él… pero también sabía que, allá arriba en las gradas, había una razón mucho más poderosa para darlo todo: ella.
El marcador estaba empatado. Quedaban apenas treinta segundos y la tensión se podía cortar con un cuchillo. Ben recibió el pase perfecto. Esquivó a un rival, luego a otro, y con toda la fuerza que llevaba en el corazón, lanzó el balón directo a la portería.
¡Gol!
El rugido del público fue ensordecedor, pero Ben apenas lo escuchó. Su mirada ya estaba fija en un solo punto: su chica, de pie en medio de la multitud, con una sonrisa que lo derretía
Sin pensarlo dos veces, corrió hacia las gradas, ignorando las felicitaciones de sus compañeros y el llamado del entrenador. Subió los escalones de dos en dos hasta llegar a ella.
—Estás loco, Ben… —dijo ella, sonrojada.
Él la tomó por la cintura, con la respiración agitada. —Loco, sí… pero por ti.
Y entonces la besó, sin importarle las cámaras, los flashes o los aplausos que explotaban a su alrededor. En ese instante, el mundo se detuvo. No había marcador, ni rivales, ni estadios. Solo ellos dos, con el corazón latiendo al mismo ritmo.
Cuando se separaron, Ben apoyó su frente contra la de ella y susurró —Podré ganar mil partidos… pero el verdadero premio siempre serás tú.
Ella sonrió, y él supo que, pasara lo que pasara, siempre correría a besarla después de cada gol.