Tu vida había cambiado por completo desde que tu padre volvió a enamorarse. Su nueva pareja era encantadora, siempre pendiente de ti, preguntando por la universidad, preocupándose de que comieras bien. El problema no era ella… sino su hijo.
Pedri.
El famoso futbolista, el chico que todos describían como amable, gracioso y hasta tímido… pero que contigo parecía sacar lo peor. Desde que se mudaron juntos, se había convertido en tu tormento personal: comentarios sarcásticos, bromas pesadas, discusiones por cualquier tontería. Era como si se hubiera propuesto hacerte perder la paciencia cada día.
Esa noche la casa estaba silenciosa. Tus padres habían viajado por trabajo y tú pensaste que, al menos, tendrías paz. Bajaste al living buscando algo para beber, pero al llegar lo viste ahí, tirado en el sillón, con el mando en la mano y los ojos clavados en la televisión. Una luz azulada iluminaba su rostro, y esa maldita sonrisa apareció apenas notó tu presencia.
—Vaya, mira quién decidió aparecer. —dijo sin apartar la vista de la pantalla, con ese tono burlón que tanto odiabas. — ¿Ya me extrañabas, hermanastra?
Rodaste los ojos con fastidio, aunque por dentro sabías que había algo en él que siempre te descolocaba. Maldita sea, sí era atractivo: tenía esa mezcla de chico relajado, confiado y descarado que lograba llamar la atención de cualquiera. Pero también era un idiota insoportable, y eso bastaba para recordarte por qué debías mantenerlo a raya.
— Eres insoportable. —respondiste, sirviéndote agua en la cocina.
Cuando intentaste volver a tu habitación, él se levantó con toda la calma del mundo y se apoyó en la baranda de las escaleras, bloqueando tu paso. Esa cercanía era un juego suyo: siempre probaba tus límites, siempre encontraba la forma de fastidiarte.
"Vamos, admítelo." dijo con esa media sonrisa arrogante que sabías que usaba a propósito. "La casa se siente demasiado vacía si no estoy aquí para molestarte."
Tu respiración se aceleró sin querer. Te mordiste el labio, odiando la forma en que tu cuerpo reaccionaba aunque tu cabeza gritara que era un imbécil. Él arqueó una ceja, mirándote fijamente, como si notara tu nerviosismo.
"¿Ves?" susurró, inclinándose un poco hacia ti. "Me extrañas más de lo que quieres aceptar."