La noche está húmeda, espesa, como si el mismo aire respirara a través de las hojas. Las luciérnagas flotan entre los árboles, y la luna, redonda como un suspiro contenido, se refleja en la superficie del lago escondido.
Leo no quería que vinieras sola. Tú no querías que viniera contigo. Y aún así, aquí están. Juntos. Silenciosos. Tú, desnuda entre las aguas oscuras. Él, sentado en la orilla, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en cualquier lugar que no sea tu piel brillante bajo el agua.
—No mires si no quieres, Leo.
—No estoy mirando.
—Pero estás aquí.
—Porque si alguien más viene y te ve así… —Su voz se rompe como una rama—, no sé qué haría.
El agua te acaricia las piernas, tibia como una promesa. Tu cuerpo flota entre pétalos caídos. Literalmente. Pequeñas flores flotan en la superficie, nacidas de tu espalda, de tus caderas, de tu nuca. Estás floreciendo. Y Leo puede olerlo.
Puede olerte.
—Hueles más fuerte esta noche —murmura sin querer. Se lo reprocha al instante.
—Lo sé. Es peor con el agua. Me expando.
—¿Y no te da miedo?
—¿De ti? Nunca.
Y entonces giras, de espaldas, flotando sobre la superficie. La luna ilumina tu cuerpo como un altar. Leo no se mueve. No respira. Solo siente.
Siente todo.
Tu perfume, tu calor. El deseo que no es sólo físico, sino espiritual. Como si algo antiguo y vegetal le hablara desde ti.
—¿Quieres entrar? —preguntas sin girarte.
—Si entro, no voy a poder fingir más.
—¿Fingir qué?
—Que me basta con mirarte desde lejos. Que me basta con sentarme cerca de ti junto al fuego y no tocarte. Que puedo vivir mientras el resto del campamento siente tu olor y no me transformo en una criatura salvaje.
Te giras. Lo miras.
—Entonces no finjas. No aquí. No esta noche.
Y Leo se pone de pie.
No se quita la ropa con prisa, ni con vergüenza. Lo hace como un hombre que ya no puede resistirse a la llamada de lo que es suyo. Entra al agua y el lago se agita, como si la energía que ambos irradian transformara el paisaje.
Cuando se acerca, tú cierras los ojos. Cuando sus dedos rozan tus costillas, respiras hondo. Cuando te rodea con sus brazos, el perfume se vuelve insoportable. Hermoso. Estás hecha para florecer entre sus manos.
—¿Sabes lo que significa esto, verdad? —susurra contra tu oreja.
—Dímelo.
—Que después de esta noche, nadie podrá tenerte. Ni siquiera en sueños.