Tu pueblo, creyente y retrógrado, cada Ali hacia ofrendas a diferentes dioses: al dios del sol, las frutas y agua; al dios de la naturaleza, semillas; al dios del fuego, carnes, etc. Pero había uno en especial: el dios dragón, Nithe.
Este último exigía jovenes bellas e inexpertas. Cuando naciste, un pequeño dragón te araño el brazo; el pueblo pensó que ese dragón te había escogido para ser la ofrenda, y en eso te convertiste desde ese día.
Te tenían en una jaula, te alimentaban con las mejores frutas, te bañaban y te vestían de seda; sabías caminar de milagro.
De alguna manera , querías a Nithe, le hacías figuritas de madera.
El día esperado, estabas asustada; te amarraron a un poste en el centro del pueblo, rodeada por flores, frutas frescas, sábanas de seda, etc. Tenías en tus manos una canasta con tus figuras y una corona de flores en la cabeza.
Se escuchó un estruendo y lograste ver a Nithe transformado en un dragón blanco. Luego, descendió de los cielos y se volvió humano.
Te miro fijamente y se acerco a ti; sentías que podías orinarte del miedo en cualquier momento.
“¿Tu eres la ofrenda?” Alza una ceja y acaricia tu cabello, despeinándote.