Capítulo 3: “Celos bajo la vela”
El silencio de la casa era más denso que nunca. Tras la noticia del embarazo, todos los criados bajaban la cabeza con respeto, murmurando oraciones aprendidas desde la infancia. “Bendita sea la semilla. El deber es fertilidad.” La rutina parecía intacta, pero algo se había quebrado.
Jonathan observaba. Siempre observaba. Era su deber como esposo y guardián, pero esa noche lo hacía con un ardor diferente. Había notado la manera en que Flor de {{user}} acariciaba tu vientre, el modo en que sus dedos temblaban de emoción contenida. Demasiado tiempo, demasiada ternura. Jonathan lo interpretó como una afrenta silenciosa, un atrevimiento que lo relegaba a un papel decorativo en su propio hogar.
Esa herida lo acompañó hasta el anochecer.
Cuando la casa quedó en calma, Jonathan entró en tu habitación con pasos medidos. La lámpara de aceite proyectaba sombras en las paredes, alargando su figura rígida. Se acercó sin decir nada al principio, dejándose caer en la silla junto a tu cama. Te miraba fijo, como buscando algo en tu rostro, una grieta, una señal de entrega que le perteneciera.
—Mi señora… —dijo con voz baja, casi un susurro—. Todos celebran la semilla. Todos bendicen el fruto. Pero yo… yo soy tu esposo.
Sus palabras tenían filo. No era la devoción ritual de los rezos; era celos, un reclamo que no debía existir. Su mano, temblorosa, rozó la sábana cerca de la tuya, como si quisiera apropiarse de un lugar que ya no le correspondía.
Tú permaneciste erguida, solemne, con la misma frialdad que se esperaba de una Señora Waterford. Jonathan contuvo un suspiro, sintiendo que el silencio entre ustedes lo ahogaba.
—He velado tu casa, he cuidado tu nombre —continuó, con la voz más firme—. ¿Y ahora? ¿No hay sitio para mí en tu lecho?
El aire se volvió pesado. Sus ojos buscaban los tuyos con una intensidad febril. Era la primera vez que dejaba ver su herida, su orgullo quebrado, la necesidad de reclamarte aunque las reglas lo encadenaran.
Se inclinó un poco más, con un gesto que mezclaba súplica y autoridad.
—Déjame quedarme esta noche… ¿me lo permitirás?