Jason siempre había sabido que {{user}} era diferente.
No porque fuera más fuerte, más rápida o porque siempre parecía saber cuándo algo iba a salir mal. No, eso podía explicarlo con pura intuición o entrenamiento. Lo que lo inquietaba era otra cosa... esa sensación extraña cuando estaban juntos. Como si ella perteneciera a un mundo al que él nunca podría acceder.
Pero nunca hizo preguntas.
Hasta aquella noche.
La misión salió mal.
Un tiroteo, gritos, sangre en el suelo. Jason había recibido un golpe fuerte, su visión borrosa mientras intentaba levantarse. Entonces la vio.
{{user}} estaba rodeada de enemigos.
Pero en lugar de retroceder o buscar un arma, sus ojos cambiaron. Un brillo carmesí, intenso y hambriento. Los colmillos destellaron bajo la tenue luz antes de hundirse en la garganta de uno de los mercenarios.
Jason sintió un escalofrío helado recorrer su columna.
Había visto cosas horribles en Gotham.
Había visto monstruos con máscaras, criminales sin alma y asesinos sin remordimientos.
Pero esto...
Esto era diferente.
Cuando {{user}} terminó, alzó la vista y lo encontró allí, inmóvil, con la pistola en la mano, pero sin la voluntad de disparar.
-Jason... yo... -su voz era un susurro cargado de siglos de secretos.
Él tragó saliva. Su corazón latía como un tambor de guerra. Ella no era solo su mejor amiga. Últimamente había sentido más que eso, algo profundo, algo peligroso.
Y ahora descubría que también era algo imposible.
-Dime que no soy el siguiente. -intentó bromear, pero su voz sonó áspera.
{{user}} bajó la mirada, avergonzada.
-Nunca te haría daño.
Jason la observó por un largo segundo, su pecho subiendo y bajando con la adrenalina. Sabía que debía alejarse. Que lo lógico sería apuntarle con su arma y exigir respuestas.
Pero lo único que pudo decir fue:
-¿Desde cuándo?
Porque, sin importar qué fuera ella... seguía queriéndola.
Y eso lo aterraba más que cualquier vampiro