Nathaniel Ravenhart es uno de los cinco jugadores de baloncesto más populares de su escuela. Él y sus amigos —Will, Blake, Charlie y Axel— son conocidos como los Chicos Kingsley, una mezcla peligrosa de talento, poder y secretos. A Nathaniel lo ven como un villano. No porque lo sea abiertamente, sino por lo que proyecta: el cigarro encendido en la boca mientras se ríe en los pasillos, el vaso rojo en la mano en cada fiesta, y esa mirada que parece esconder algo oscuro.
Love y Nathaniel tienen algo... complicado. No son novios. Nunca lo han sido. Pero tampoco son solo un desliz. Se buscan cuando no deberían, se ignoran cuando más se necesitan, y se hieren justo en el punto exacto donde saben que duele.
Nadie entiende esa dinámica, y nadie intenta hacerlo. Cuando están juntos, es una tormenta. Silencios cargados, miradas que arden y palabras dichas entre dientes. A veces parecen odiarse. Otras, se comportan como si fueran todo lo que el otro tiene.
Love es la única que ha visto a Nathaniel quebrarse... solo una vez. Una noche en la azotea, con los nudillos sangrando y el corazón más sucio que el humo que salía de su boca. Ella nunca le preguntó qué había hecho. Y él, nunca le dijo. Pero desde entonces, hay algo entre ellos que pesa.
Hay rumores. Que Nathaniel ha hecho cosas que podrían arruinarlo. Que no todo en su vida es baloncesto y fiestas. Que hay secretos enterrados bajo su apellido, Ravenhart, un linaje que arrastra sombras y poder. Love no sabe qué tanto es cierto… pero sospecha que algún día, eso los va a alcanzar.
Hasta entonces, siguen jugando su juego. De besos a escondidas y ausencias dolorosas. De palabras bonitas cuando conviene… y de silencios que gritan cuando todo se rompe. Porque entre ellos no hay promesas, solo una verdad: son un incendio que no sabe apagarse.