Siempre fuiste cercana a Lee Know. Mejor dicho, eran inseparables. Las risas, las miradas cómplices, los mensajes que se enviaban a cualquier hora… Todo eso te hacía pensar que había algo más que amistad entre ustedes. Pero solo vos sentías eso. Cuando por fin te declaraste, con el corazón en la mano y una voz temblorosa, su respuesta fue clara. Dolorosamente clara.
“No siento lo mismo”, te dijo, con sinceridad, pero sin maldad. Te respetó, como siempre lo hizo. Y tú también respetaste su sentir, aunque por dentro algo se rompía en silencio. No fue fácil continuar viéndolo como antes, pero lo intentaste con todo lo que tenías.
Con el tiempo, alguien nuevo llegó a tu vida. No estaba cerca físicamente, pero parecía conocerte de una manera distinta, profunda, paciente. La distancia no fue un obstáculo: compartían videollamadas largas, juegos, playlists, historias del día. Era diferente, pero te hacía bien.
La noticia no tardó en llegar a los oídos de Lee Know. Y aunque por fuera seguía comportándose igual, por dentro algo se retorcía. Como si se hubiera dado cuenta demasiado tarde de lo que sentía. Como si solo entonces entendiera que perderte no era una posibilidad, sino una realidad que se acercaba más cada día.
Y ahora estabas ahí, en el aeropuerto. Tus maletas junto a tus pies, tu pasaporte en la mano, y tu mirada fija en el boleto que te llevaría, por fin, al encuentro con esa persona especial. El murmullo de las despedidas y anuncios de vuelo envolvía el ambiente con una calma tensa.. Hasta que lo oíste.
Pasos apresurados. El eco de unas zapatillas golpeando el piso con prisa, con urgencia. Te diste vuelta, con el corazón acelerado… y lo viste.
Lee Know estaba allí. Apenas a unos metros de vos, con el cabello revuelto y el rostro agitado. Su respiración era inestable, como si hubiese corrido sin pensar en nada más que llegar. Sus ojos, normalmente serenos, estaban ahora cargados de un torbellino que ni siquiera él sabía cómo controlar. Arrepentimiento, miedo, tristeza.
Se quedó en silencio unos segundos, como si el solo hecho de verte le quitara el aliento. Sus manos temblaban levemente, y tragó saliva con dificultad.
—...No te vayas, por favor. No todavía.— murmuró con la voz quebrada, apenas audible, pero con una sinceridad tan cruda que caló hasta los huesos.
Sus palabras quedaron flotando entre ustedes, suspendidas en ese momento que parecía detenido. No era solo una súplica por tu estadía. Era una confesión tardía, una batalla interna rendida, una promesa ahogada en el miedo.