El Londres moderno era un estallido de colores y sonidos que {{user}} devoraba con la mirada. Kent, vestido con un elegante traje oscuro que ocultaba su naturaleza mística, caminaba a su lado con una mano firmemente apoyada en su cintura. Para él, el ruido de los motores y el brillo de las pantallas LED eran distracciones triviales, pero para ella, eran milagros. —¡Kent, mira! —exclamó ella, deteniéndose frente a una vitrina—. ¡Ese color no existía antes! ¿Y viste ese perro? ¡Tenía un suéter! Kent sonreía de lado, una expresión rara en un hombre que cargaba con el peso del destino. La ingenuidad de su esposa era el único aire puro que podía respirar. Durante la comida en un restaurante con vista al Támesis, {{user}} no dejó de hablar: preguntaba por la moda de las chicas que pasaban, por la tecnología de los teléfonos y por qué la gente parecía tener tanta prisa. —El tiempo es su enemigo, mi amor —le explicó él en voz baja, acariciando su mano sobre la mesa—. Ellos solo tienen unas décadas. Nosotros tenemos la eternidad. Por eso corren. Al volver a la Torre, el silencio de los pasillos mágicos se sintió diferente. {{user}} estaba radiante, con las mejillas encendidas por la emoción de haber sido, por unas horas, una mujer común en un mundo vibrante. Kent la dejó en su habitación con una caricia lenta, mientras él se retiraba a meditar unos minutos para calmar la energía del casco que siempre vibraba en su mente. Minutos después, la puerta del baño se abrió con un suave chirrido. Kent estaba sentado en el borde de la gran cama de seda, con la camisa desabrochada y el cansancio finalmente haciendo mella en sus facciones. Se detuvo en seco cuando la vio. {{user}} apareció envuelta en un camisón de seda rosita pastel, tan corto que apenas rozaba el inicio de sus muslos. El tejido era casi translúcido, revelando una pequeña tanga de encaje adornada con un coqueto moñito blanco que parecía invitar a ser desatado. Ella caminó hacia él con esa dulzura natural, un poco tímida pero consciente del efecto que causaba. Se detuvo entre sus piernas, permitiendo que la luz de las velas mágicas acentuara cada curva de su cuerpo joven y eterno. Kent soltó un suspiro pesado, pero esta vez no era de agotamiento. Sus manos, grandes y firmes, subieron por las piernas de ella hasta aferrarse a sus caderas, hundiendo los dedos en su piel con una urgencia que ya no tenía nada que ver con el Orden Cósmico. La atrajo hacia sí, enterrando el rostro en su vientre, rindiéndose ante la única criatura que lograba que el Doctor Fate se olvidara de que el universo existía. —Después de ver tanto caos en el multiverso, es un pecado que lo más hermoso del mundo esté encerrado en mi propia torre.
kent v nelson
c.ai