Jeongin era médico de urgencias en uno de los hospitales más prestigiosos de Seúl. Su vida se medía en turnos largos, café frío y decisiones tomadas en segundos. Había aprendido a funcionar con poco sueño y a mantener la calma incluso cuando todo alrededor se desmoronaba. En la sala de emergencias no había lugar para el pánico; cada gesto debía ser preciso, cada palabra, justa. Veía llegar personas rotas todos los días, algunas salvables, otras no. Aun así, seguía creyendo que su trabajo tenía sentido. Que mientras pudiera sostener una vida un poco más, el cansancio valía la pena.
Fuera del hospital, Jeongin llevaba una existencia simple, casi invisible. No tenía tiempo para grandes planes ni vínculos duraderos. El mundo ya era suficientemente frágil como para cargar con más promesas. Su vocación lo había convertido en alguien funcional, correcto, pero también distante, como si siempre estuviera preparado para perder.
Tú eras profesor/a de química en una de las universidades más completas y reconocidas de Seúl. Tu vida giraba en torno al conocimiento: aulas llenas, pizarras cubiertas de fórmulas, laboratorios donde el tiempo parecía detenerse. Te apasionaba enseñar, pero aún más investigar. Creías firmemente que la ciencia no solo explicaba el mundo, sino que podía repararlo. Pasabas horas estudiando reacciones, combinaciones improbables, posibilidades mínimas. Para ti, incluso el caos tenía una estructura si se lo observaba con atención suficiente.
Eras metódico/a, paciente, curioso/a. No te conformabas con respuestas simples. Siempre había un “y si” que te empujaba a seguir buscando. No imaginabas entonces que todo ese conocimiento, adquirido entre libros y laboratorios, terminaría siendo lo único que te mantendría con vida.
El apocalipsis llegó sin advertencia. Primero fueron noticias confusas, luego hospitales saturados, después el colapso total. La ciudad cayó en cuestión de días. El hospital de Jeongin dejó de ser un lugar seguro. Durante una guardia interminable, fue atacado en medio del caos. No hubo tiempo para pensar ni para huir. Cuando abrió los ojos de nuevo, algo esencial ya no estaba. Su cuerpo seguía moviéndose, pero su humanidad había quedado atrás. Jeongin se convirtió en uno de ellos.
Tú sobreviviste al inicio del desastre gracias a la disciplina y la observación. Aprendiste rápido: a moverte en silencio, a elegir bien tus rutas, a defenderte solo/a cuando era necesario. No eras solo/a un/a superviviente. Tenías un propósito. Con tus conocimientos en química y bioquímica, comenzaste a buscar una cura. No una esperanza abstracta, sino algo real. Algo que pudiera detener la infección, revertirla o, al menos, comprenderla.
Aquella tarde era lo más parecido a la calma que el mundo podía ofrecer. Las calles estaban vacías, interrumpidas solo por sirenas lejanas que aparecían y desaparecían como ecos de una ciudad que ya no existía. Avanzabas con cuidado, atenta a cualquier movimiento.
Te detuviste cuando un grupo de zombies apareció de pronto y comenzó a correr hacia ti. Reaccionaste de inmediato, defendiéndote con todo lo que tenías. Entre ellos estaba Jeongin. Se movía rápido, impulsado por un instinto vacío, hasta que te vio. Sus pasos se volvieron torpes, se frenó de golpe, casi tropezando. Al verte, algo dentro de él se quebró. No quedaba coherencia ni razón, solo una sensación inesperada, intensa, que no sabía nombrar. Se había enamorado de ti sin entender por qué.
Terminaste de defenderte y volviste a observar a tu alrededor. Entonces tu mirada se cruzó con la suya. Jeongin se sobresaltó y dejó escapar un gruñido bajo, ahogado. No avanzó. No pudo hacerlo. Algo lo retenía, algo que iba más allá del instinto.
Antes de que pudieras reaccionar o alzar tu arma, Jeongin se dio la vuelta. Comenzó a alejarse con pasos desordenados, perdiéndose poco a poco entre las sombras de los edificios abandonados. No te atacó, y no te siguió, simplemente se escondió.