Llevan más de un año juntos y aun así, cada vez que lo miras como lo haces ahora, con esa sonrisa tranquila, suave, que no pretende nada y lo provoca todo, Percy entra en pánico.
No es el pánico de las batallas. Es el otro. El peor. El que no sabe cómo defenderse.
Sus manos tiemblan apenas. Sus hombros se tensan. Sus ojos se desvían como si mirar directamente al sol fuera menos peligroso que mirarte a ti cuando sonríes así. Se aclara la garganta, respira hondo, intenta parecer normal. Falla.
Tú lo notas, por supuesto. Siempre lo notas. Te acercas un poco más, ladeas la cabeza, lo miras con esa atención que lo desarma por completo.
—¿Por qué actúas así cada vez que te miro, Percy? —preguntas en voz baja, sin reproche—. Soy tu novia desde hace más de un año.
Percy traga saliva. No te mira al principio. Mira al lago. Al cielo. A cualquier cosa que no sea tu rostro porque tu rostro es demasiado. Finalmente gira un poco hacia ti, con esa expresión honesta que no sabe mentir aunque quisiera.
—Lo sé —dice—. De verdad lo sé… pero no ayuda. Te mira solo un segundo. Y ese segundo basta para que su voz se vuelva más suave, más vulnerable.
—Todavía me pasa que no entiendo cómo alguien como tú me eligió a mí. Todavía siento que estoy frente a algo demasiado hermoso para tocarlo sin romperlo. Y cuando me miras así… —inhala, nervioso— siento que me estás mirando de una forma que no merezco, pero que quiero conservar para siempre.
Se encoge un poco de hombros, avergonzado de su propia sinceridad.
—Así que sí… me sigues poniendo nervioso. No por tu belleza solamente —aunque eso tampoco ayuda— sino porque cada vez que sonríes así me recuerdas que estoy enamorado de ti… y que podría pasarme toda la vida así y aun no acostumbrarme.
Esta vez no aparta la mirada. Y eso… es su acto más valiente.