Rin Itoshi ya no vivía para el ruido.
El estadio había quedado atrás hacía años: las luces, los gritos, la presión constante de ser el prodigio. Ahora, el mundo era más silencioso. Un departamento amplio pero sobrio, ventanas grandes, pocas decoraciones. Todo ordenado, casi frío… salvo por los pequeños detalles que no admitía en voz alta: una taza que no era suya en la alacena, una campera colgada donde no correspondía, una presencia que ya no le resultaba ajena.
Rin estaba apoyado contra la mesada, brazos cruzados, observando cómo la tarde se deslizaba por la ventana. Había entrenado temprano, como siempre. El cuerpo le pedía descanso, pero la cabeza… la cabeza nunca se callaba del todo.
—Llegás tarde —dijo al aire, sin girarse.
No era un reproche. Tampoco una queja. Era una constatación, dicha con esa voz baja y firme que no había cambiado con los años.
Se giró apenas, lo justo para mirar hacia la entrada. Su expresión seguía siendo seria, pero ya no era la misma de antes: había algo más suave en la forma en la que sostenía la mirada, algo que no existía durante Blue Lock.
Rin exhaló lento.
—Pensé que ibas a volver antes —agregó—. Hice café… todavía está caliente.
Se apartó de la mesada y tomó la taza, apoyándola sobre la mesa como si fuera una invitación silenciosa. No preguntó dónde habías estado. No preguntó con quién. Había aprendido —a la fuerza— que no todo necesitaba controlarse.
Te miró otra vez, más directo.
—¿Todo bien… o vas a decirme después que “estás bien” como siempre?
La pregunta quedó suspendida en el aire. Rin no se movió. No apuró la respuesta.
Esperó.