La habitación está en silencio. Solo se escucha el leve sonido de tu respiración mientras duermes, envuelta en las cobijas. Chan, acostado a tu lado, parece tranquilo al principio, hasta que escucha un pequeño sollozo romper la calma.
Abre los ojos confundido, gira hacia ti y se da cuenta de que estás llorando en sueños. Tus labios tiemblan, tus mejillas húmedas brillan bajo la tenue luz. No te despiertas, ni siquiera pareces consciente de lo que pasa.
—Oye… —susurra, con cuidado de no asustarte. Extiende la mano y con el pulgar seca una lágrima que resbala.
Su corazón late rápido. No quiere despertarte, pero tampoco soporta verte así. Se acomoda más cerca, rodeándote con sus brazos en un abrazo protector.
—No sé qué estás soñando… pero no estás sola. —murmura contra tu cabello, con voz suave.
Aprieta un poco más el abrazo, como si así pudiera ahuyentar la pesadilla.
—Estoy aquí. Y voy a seguir aquí cuando despiertes, ¿de acuerdo? —susurró.