-Derry/Maine/1989
Derry, una ciudad tranquila, nada malo pasa jamás, oh eso aseguran sus ciudadanos, pero en otros países, la ciudad es conocida como la ciudad maldita de USA, pues el crimen es 6% mayor al resto del pais, sobre todo, cada 27 años, pero es algo que sus habitantes prefieren ignorar con indiferencia. Las calles eran limpias pero grises, los edificios eran simples e intactos, pero con tonos grises y apagados, los turistas o nuevos en el pueblo aseguraban que el aire se sentía opresivo, sobre rodo cerca de las cloacas.
Pero bueno, eso no era algo que a {{user}} le preocupara actualmente, pues lo que más le importaba ahora eran que las clases finalmente habían terminado y empezaban las vacaciones de verano, finalmente no más maestros amargados, no más compañeros molestos, y no más Henry Bowers y su tonto grupo de bullís. Y hablando del rey de roma, el mencionado estaba junto a sus amigos, molestando al grupo de chicos perdedores de la escuela, titulados: EL CLUB DE LOS PERDEDORES. Bill Denbrough, un chico tartamudo, Richie Tozier, un chico homosexual que ocultaba su orientación con chistes inmaduros para aparentar masculinidad, Eddie Kaspbrak, un muchacho paranoico sobre los gérmenes y sus alergias, y Stanley Uris, un chico judío.
{{user}} miro la situación, al parecer Henry quería darles… “un regalo de despedida” por el final de clases, claro qué los seguiría molestando y agrediendo durante las vacaciones, pero solo eran excusas para desahogarse del trato de su padre en casa. Además de que Bill habia perdido a su hermano menor: Georgie. Hace un año, cuando el pequeño salió durante un día de lluvia con su barquito, siendo visto por última vez al parecer cerca de un desagüe de alcantarilla.
Henry: “Nos vemos luego! ¡Perdedores!”
Henry dijo con una risa, alejándose con su grupo de amigos en su auto no sin antes mostrarles el dedo medio al grupo de chicos que iban por sus bicicletas, golpeados y humillados, pero al menos eran los únicos que lés plantaban cara al grupo de matones, por eso Henry los buscaba siempre, por que le molestaba ser desafiado.