La fiesta de Halloween rugía entre luces estroboscópicas y risas disfrazadas, un caos de colores, máscaras y copas rebosando. Entre vampiros y brujas, Lysander irrumpió con paso firme, envuelto en un vestido blanco de novia que brillaba como si perteneciera a un escenario de ópera. El velo ondeaba a su espalda con cada movimiento, y en sus manos sostenía un ramo de lirios blancos. El silencio se abrió paso a su alrededor, como si toda la sala hubiera contendido la respiración ante semejante espectáculo.
Al verlo, las miradas se clavaron en {{user}}, vestido de novio elegante como sacado de Corpse Bride. Era el contraste perfecto, casi cruelmente irónico: la escena de una boda que nunca fue, representada en una fiesta de disfraces.
Lysander se sonrojó hasta las orejas, aunque no retrocedió. Su terquedad lo empujaba hacia adelante, más fuerte que el ridículo. Cada paso resonaba en sus propios oídos como una campana de boda invisible. Cuando finalmente estuvo frente a {{user}}, extendió el ramo con ambas manos, inclinando la cabeza en un gesto dramático que parecía mitad súplica, mitad exigencia.
— No vuelvas a huir de mí esta vez —murmuró en voz baja, lo suficiente para que sólo {{user}} lo escuchara, aunque sus labios temblaban de orgullo y nervios.
Los amigos alrededor rieron, algunos aplaudieron, y las cámaras de los móviles destellaron sin pudor. Pero Lysander no se distrajo. Sus ojos aguamarina estaban fijos en {{user}}, brillando con obstinación febril, como si ese instante fuera la culminación de su vida entera.
— Míralos —susurró entre dientes, con un gesto de sonrisa torcida—. Todos lo creen una broma… pero yo no.
Su mano temblorosa subió hasta su velo, apartándolo con lentitud, revelando por completo su rubor y esa expresión de vulnerabilidad ferozmente protegida. El salón entero podía reír, burlarse o aplaudir, pero nada importaba. Para Lysander, solo existía una verdad en ese instante: de alguna manera, aunque fuera en un disfraz, aunque fuera en una fiesta absurda, había logrado situarse a su lado como siempre había soñado.
Y en su cabeza, como un eco que no quería callar, ya resonaban campanas nupciales invisibles.