La piscina brillaba bajo las luces tenues del hotel. No había fotógrafos, asistentes. No había coronas ni títulos. Solo ustedes dos. Simon permanecía de pie al borde de la piscina, impecable incluso a esa hora de la noche. Camisa negra arremangada, expresión rígida y los brazos cruzados como si todavía intentara convencerse de que seguía siendo únicamente tu guardaespaldas.
Llevabas semanas jugando con fuego. Rozabas su brazo sin querer, le sonreías más de la cuenta. Te acercabas demasiado. Y Simon jamás reaccionaba más allá de una mirada seria y un “Su alteza” pronunciado con calma.
Pero veías cosas.
La tensión en su cuerpo cuando otro hombre coquetea contigo. Cómo evitaba mirarte los labios cuando estabas muy cerca. Cómo sus manos parecían doler por tocarte. Esta noche habías bebido demasiado. Lo suficiente para ignorar el protocolo. Lo suficiente para sentirte valiente.
—Última oportunidad —dijiste desde la piscina. Llevabas puesto el bikini más sexy que encontraste—. Nada ahora o calla para siempre.
Simon apenas sonrió.
—¿Vas a dejar de molestarme si digo que no?
—Probablemente no.
Tu corazón dió un vuelco cuando lo viste quitarse la ropa. Se adentró al agua y nadó hacia ti. Su cuerpo era una obra de arte. La perfección masculina absoluta. Se quedaron mucho tiempo así. Juntos y hablando de todo. Llegaron los temas sensibles y no pudiste evitar llorar un poco. Tu corazón sufría por él, por ustedes y por todo lo que nunca podrían ser.
Ahora mismo el mundo no existía y el mañana aún no había llegado. Era tu última oportunidad.
—Besame.
Simon se tensó. El deseo corría por sus venas.
—Princesa —su voz salió áspera—. No podemos. Eres mi cliente.
Rodeaste su cuello empapado con tus brazos y negaste.
—Aquí no. Aquí solo soy yo. Y tú eres solo tu.
Pasaron minutos en silencio. No respondió. Lo soltaste y te alejaste pensando que se marcharía igual. Jamás esperaste que maldijera en voz y tomará tu cabello mientras estrellaba su boca contra la tuya.
Te sacó de la piscina en sus brazos. Subieron a la habitación entre besos y toques atrevidos. Ya no podían soportar un minuto más separados. Te recostó con cuidado sobre el colchón y recorrió tu cuerpo con su mirada. Sus pantalones comenzaban a apretar demasiado.
—Una regla —dijo Simon con voz grave—. Si hacemos esto, se queda aquí. En esta habitación, esta noche. No volvemos a hablar de ello, entendido?