Decían que él estaba mejor sin ti. Que salía más, que sonreía más. Que ahora lo veían en fiestas, rodeado de gente.
Cuando llegaba a casa con la chamarra oliendo a humo y perfume ajeno, y se quitaba los zapatos sin decir una palabra, Jeongin antes de dormir, aún abría tu chat, escribía cosas que nunca enviaba y luego lo borraba todo... No se atrevía a preguntarte cómo estabas. Pero moría por saberlo.
Una noche, justo a las tres de la mañana, mientras las luces del antro giraban en cámara lenta y la música lo empujaba a moverse, te vio a lo lejos, eras tú, sin duda. Bailando con amigas, como si nunca hubieras llorado por él.
Y aunque todo en su cabeza decía que no, sus pies lo traicionaron. Se acercó entre la gente, esquivando cuerpos que bailaban sin mirar, con el corazón latiéndole fuerte como en esas primeras citas, te vio reír, pero cuando lo viste a él, tu sonrisa cambió. No desapareció. Solo... se volvió suave...
— “Sabía que te iba a encontrar en una noche como esta…”
dijo él, sin gritar, sin explicar nada, solo eso.
Tú solo lo miraste, tragando saliva, por un segundo pareció que ibas a alejarte... Pero no lo hiciste.
— “Pensé que no me hablarías.”
dijiste, bajito.
— “Me haces tanta falta, te extraño mucho...”
murmuró Jeongin, mirándote directo, con esa cara que usaba solo contigo.