Dick se acomodó en el alféizar de la ventana, con los brazos cruzados. La luz de la ciudad se colaba en la habitación, dibujando sombras en su rostro. Se quedó un momento en silencio, antes de hablar.
—Mira… sé que esto no es fácil para ti —dijo con calma, manteniendo la mirada en ti—. Yo tampoco lo entendía al principio.
Se pasó una mano por el cabello, un gesto nervioso.
—Creía que las emociones solo estorbaban. Que si las ignoraba, podía concentrarme en lo importante. Y sí, funciona… un tiempo. Pero después te das cuenta de que estás solo, incluso rodeado de gente.
Hizo una pausa, como midiendo sus palabras.
—No estoy tratando de darte un sermón ni nada. Solo digo que… vale la pena dejar entrar a alguien. Aunque asuste. Aunque duela.
Sus labios se curvaron apenas en una sonrisa cansada.