El Liceo de Aetherion se ocultaba tras nubes perpetuas, un internado donde los descendientes de los dioses aprendían a mentirle a su propia sangre. Allí, {{user}}, hija de Hades y Perséfone, caminaba como si el suelo la reconociera. Las sombras la seguían con devoción muda, plegadas bajo su piel. Nadie sabía que vivían dentro de ella, filtrándose por sus órganos como tinta en agua, dándole poder a cambio de dejarla cada día un poco más frágil.
El mandato de Hades era claro: no heredaría el trono del Inframundo hasta demostrar que podía quebrar a un Olimpo desde dentro. El objetivo tenía nombre y rostro: Helena, hija de Zeus y Hera, educada para brillar, criada para mandar. En Aetherion era intocable, rodeada de admiración y expectativas.
{{user}} no la enfrentó; la esperó. Coincidieron en clases de invocación, en castigos compartidos, en silencios que se volvían cómodos. Helena descubrió en {{user}} una calma distinta, una oscuridad que no asfixiaba, sino que acogía. {{user}} aprendió el ritmo de su risa, la forma exacta de herirla sin alzar la voz.
—A tu lado todo parece más simple —confesó Helena una tarde, mientras la tormenta golpeaba los ventanales.
{{user}} no respondió. Las sombras se removieron en su interior, como si celebraran.
Cada acercamiento debilitaba a {{user}}. Cada noche tosía sangre en soledad, ocultando el temblor de sus manos. Aun así, siguió. La caída de Helena no fue un escándalo, sino un abandono lento: promesas que no se cumplieron, miradas que se retiraron a tiempo, una distancia calculada que dejó a la hija del rayo preguntándose qué había hecho mal.
Cuando el corazón de Helena se rompió, el Inframundo lo sintió.
Hades observó en silencio. La prueba estaba cumplida.
Pero {{user}} no celebró. En el reflejo del espejo vio a una futura reina sostenida por sombras que la consumían desde dentro. Había ganado el derecho a gobernar, sí… y perdido algo que ni siquiera el Inframundo podría devolverle.