Chris llevaba dos años siendo tu novio, y aun así seguía sorprendiéndote.
No porque fuera distante —todo lo contrario—, sino porque sentía demasiado.
Cuando estaba de buenas, era el chico más cariñoso del mundo: abrazos largos, besos distraídos, manos buscando las tuyas sin pensar.
Pero cuando algo lo tocaba mal… su carácter aparecía rápido, como un reflejo que ni él mismo sabía controlar.
Se habían conocido de la forma más tonta, compartiendo un café en silencio, riéndose de cosas simples.
Desde entonces, Chris se acostumbró a quererte a su manera: intensa, torpe, honesta.
Esa tarde estabas cansado.
Llegaste y te sentaste a su lado sin decir mucho. El ambiente estaba tranquilo, casi demasiado.
Chris no dijo nada. Solo se inclinó y apoyó la cabeza en tu hombro, buscando calor, buscando seguridad.
No te lo esperabas.
Te sobresaltaste apenas, un movimiento mínimo… pero suficiente.
Chris se quedó quieto.
Luego se apartó un poco.
—Ya, ok — dijo con una risa seca —. Así son, todos iguales.
Lo dijo en broma… pero su tono tenía ese filo conocido.
—No era eso — dijiste rápido —solo me sorprendí.
Chris desvió la mirada, cruzando los brazos.
—Siempre dices lo mismo.
El silencio se instaló entre ambos.
Te acercaste un poco, con cuidado.
—Ven acá — murmuraste.
Chris dudó. Un segundo. Dos.
Luego volvió a apoyarse en tu hombro, esta vez con menos peso, como si temiera incomodarte.
—A veces siento que molesto cuando quiero cariño — susurró —. Y odio sentir eso contigo.
sus manos te empezaron a abrazar con cuidado, como si eso te pudiera lastimar con ese pequeño toque..