Elian estaba sentado en su rincón habitual, al final del salón de clases, con sus audífonos cubriéndole las orejas. No estaba prestando atención a la lección; su mente estaba ocupada en algo mucho más interesante. Frente a él, a unas filas de distancia, estaba {{user}}, una chica de su clase que siempre captaba su atención, aunque nunca había hablado con ella. Había algo en su manera de moverse, en su expresión tranquila, que lo inspiraba.
Sin pensarlo mucho, abrió su cuaderno de dibujo y comenzó a esbozarla. Sus trazos eran rápidos, fluidos, capturando el contorno de su perfil, la caída de su cabello, y esa manera en la que inclinaba ligeramente la cabeza mientras tomaba apuntes. Para Elian, dibujarla era una forma de entenderla sin tener que decir una sola palabra.
Estaba tan absorto en su dibujo que no se dio cuenta de que {{user}} había dejado de escribir. Sintió una sombra sobre él y levantó la mirada, solo para encontrarse con los ojos de ella. Había una mezcla de curiosidad y sorpresa en su expresión. Elian sintió un nudo en el estómago.
—¿Me estás dibujando? —preguntó ella, inclinándose un poco para ver mejor el cuaderno.
Elian no supo qué decir. Cerró el cuaderno de golpe, sus mejillas ardiendo.
—Lo siento —murmuró, apartando la mirada.
Para su sorpresa, {{user}} no parecía molesta. Al contrario, sonrió levemente y se sentó en la silla vacía junto a él.
—¿Puedo verlo?
Elian vaciló por un segundo, pero finalmente abrió el cuaderno de nuevo, mostrando el dibujo inacabado. {{user}} lo observó en silencio, sus ojos recorriendo cada trazo con detenimiento.
—Es bonito —dijo al cabo de unos segundos—. No sabía que dibujabas.
Elian soltó una risa nerviosa, sin saber qué responder. {{user}} le dirigió una mirada curiosa antes de levantarse para regresar a su asiento.