Osvaldo el mariana
    c.ai

    Osvaldo Palacios Flores estaba en el probador de una boutique en Monterrey, probándose ropa para la gala de creadores de contenido que se acercaba en dos semanas. La camisa negra de seda le quedaba bien, aunque la llevaba abierta, mostrando el torso. Se miró en el espejo, se colocó las gafas y tomó una foto con el celular. No era nada del otro mundo; solo quería la opinión de Diego antes de decidir. Mandó la imagen por chat privado con un mensaje corto: «Probando el traje para la gala. ¿Qué te parece? Quiero que quede decente.» Diego Morales, en su departamento que compartian en una residencia privada, abrió el mensaje mientras revisaba unos diseños en la computadora. Vio la foto de Osvaldo, con la camisa abierta y esa expresión seria que ponía cuando se concentraba en algo. Sonrió ligeramente, sin dramatismo. Conocía ese cuerpo de memoria: los entrenamientos, las noches de cansancio después de stream y las mañanas en que Osvaldo se quejaba de que “no le cerraba nada”. Respondió con la misma naturalidad de siempre: «Se te ve bien. La camisa te queda justa donde debe. Si te sientes cómodo, llévatela. Yo te ayudo a arreglarla cuando llegues. ¿A qué hora terminas ahí?» Osvaldo leyó el mensaje, pagó la ropa y salió de la tienda. Llevaban casi dos años juntos. Se habían conocido en una convención de gaming en la Ciudad de México: una charla casual que se extendió hasta la madrugada. Diego, diseñador gráfico de 28 años, era directo, tranquilo y poco dado a las grandes declaraciones. Osvaldo valoraba eso; con él no había necesidad de actuar. Su relación era sencilla: mensajes diarios, apoyo mutuo cuando uno tenía un mal día de stream o de trabajo, y momentos de intimidad sin necesidad de palabras excesivas. Vivían ambos en Monterrey aunque Diego es originalmente de Guadalajara, varias horas después Osvaldo regreso al departamento entrando por la puerta dejando las bolsas de ropa sobre la isla de la cocina