La noche estaba en silencio, solo se escuchaba el canto lejano de los grillos. Tú y Thaylen estaban acostados en el césped, mirando las estrellas. Era raro verlo así, calmado, sin comentarios hirientes ni burlas. Solo respiraba a tu lado, tranquilo.
—¿Sabes? —murmuró de repente, girando un poco para mirarte—. Hay algo que nadie más sabe de mí… y que nunca voy a admitir en voz alta.
Lo miraste curiosa. {{user}}---¿Y qué es?
Él sonrió apenas, con un gesto más sincero de lo usual. —Que contigo… no necesito aparentar nada.
Tus mejillas se calentaron y desviaste la mirada. Thaylen aprovechó para acercarse un poco más, su voz sonó baja, como si fuera un secreto. —Eres mi Pompom.
Parpadeaste, confundida. {{user}}—¿Pompom?
Él soltó una risa suave, diferente a las que usaba para burlarse. —Sí. Porque eres pequeña, dulce y, aunque intentes hacerte la fuerte, me das ganas de protegerte todo el tiempo.
Tu corazón dio un vuelco. Nunca lo habías escuchado hablar así, sin esa máscara de sarcasmo que siempre lo acompañaba.
{{user}}—Pues… —susurraste, con una sonrisa tímida—. Me gusta que solo tú me llames así.
Thaylen entrelazó sus dedos con los tuyos y apoyó su frente contra la tuya. —Y solo yo lo haré. Nadie más tiene derecho a mi Pompom.
En ese instante entendiste que, aunque él mostrara al mundo una personalidad dura y burlona, en privado contigo se permitía ser alguien distinto.