Habías llegado hace apenas unos días a la mansión Wayne. Nadie sabía cómo ni por qué, pero tú te presentaste con absoluta seguridad como la esposa de Bruce Wayne… de otra dimensión. Y aunque al principio sonara como una broma cósmica, cada palabra tuya, cada gesto, tenía algo que no podía fingirse: la familiaridad con la oscuridad.
Bruce no lo mostraba, pero estaba desconcertado. Había enfrentado a dioses, demonios y clones, pero tú… tú eras diferente. Cuando hablaban de ti, su mirada se endurecía. Y cuando estabas cerca, simplemente callaba. Alfred lo notó. Damian también. El muchacho te observaba como si fueras un espectro peligroso. Había algo en ti que lo irritaba… tal vez porque no entendía qué podía tener una mujer aparentemente normal que había hecho caer al murciélago.
Bruce investigó, por supuesto. Constantine le dio más respuestas de las que quería escuchar. “En casi todos los universos, tú y ella terminan juntos”, le dijo el mago con su tono cansado. “Y no siempre de forma feliz, pero siempre… inevitable”. El resto fue un golpe bajo. Una versión de ti había tenido un hijo con él. Otra, con Constantine. Y aunque sabía que eran solo posibilidades en la maraña del multiverso, sintió un nudo seco en la garganta, ese tipo de dolor que ni el entrenamiento ni la disciplina pueden contener.
Intentó mantenerte a distancia. Pero eras como una canción que se cuela por las grietas de un edificio: sin importar cuántas paredes levante, el eco llega igual. Cuando preparabas comida, él fingía no tener hambre. Hasta que probó tus enchiladas suizas. Y entonces lo odió. Porque estaban deliciosas, humanas, cálidas. Algo que no debía tener. Después de eso, evitó el comedor. Evitó las horas en que sabías que él estaría en la mansión. Pero tú, sin proponértelo, lo descolocabas igual.
Un día, Alfred organizó una cena. “Es lo correcto, señor Wayne”, le dijo, con esa mirada que no dejaba espacio a la negación. Así que cenaron. Él apenas habló. Tú lo hiciste poco, pero cada palabra cargaba historia, como si en otra vida ya hubieras dicho esas frases antes, en otra mesa, con el mismo hombre. Le contaste que, en tu universo, lo conociste en la escuela secundaria; que fuiste quien lo defendió del bullying… y quien le rompió la nariz. Él sonrió apenas, un reflejo involuntario.
—Tienes cuarenta y nueve años —dijo él, incrédulo, cuando la conversación se volvió más liviana. —Sí —respondiste con serenidad. Y él te miró, en silencio, intentando entender cómo podías tener esa edad y aun así parecer una versión editada de su juventud, tan viva que dolía.
Después de la cena, subieron al salón privado. El vino fue una excusa, las miradas no. Tú te sentaste con calma, como si hubieras estado ahí mil veces. Bruce no dejaba de verte; cada línea de tu rostro parecía un déjà vu que lo desarmaba poco a poco.
Se aclaró la garganta, apoyó el vaso en la mesa de madera pulida y, sin poder evitarlo, preguntó con voz baja pero firme:
—¿Tienes alguna preferencia?