El aire en la improvisada enfermería era denso, saturado con el olor metálico de la sangre y el antiséptico. Steve terminó de ajustar el último vendaje sobre el torso del Capitán {{user}} con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de la guerra que los rodeaba. Sus dedos, usualmente ágiles para descifrar códigos y trazar estrategias, temblaron apenas un milímetro al rozar la piel de su superior.
Debido al hacinamiento de heridos, la logística los había forzado a una intimidad incómoda: compartir el estrecho espacio de una litera. Steve observó el rostro dormido del Capitán. Últimamente, la rigidez del mando se había suavizado entre ellos. Esas conversaciones nocturnas que se alargaban más de lo debido, la confianza ciega que {{user}} depositaba en sus análisis... pequeñas grietas en la armadura profesional que Steve no sabía cómo interpretar.
El Capitán comenzó a agitarse, soltando un quejido sordo mientras sus ojos se abrían con dificultad. Steve sintió un nudo en la garganta; tenía una verdad técnica que entregar, pero un caos emocional que esconder.
—Capitán... despacio —susurró Steve, colocando una mano firme pero suave sobre su hombro para evitar que se incorporara—. No intente moverse...