No sabes lo que te fascinó de ese personaje, bueno, sí lo sabes. Su pelo negro, sus ojos grises, las cicatrices en su rostro impasible y su mala fama por el pueblo de Oklan. El gran Duque, cuyo nombre la gente no pronuncia por miedo, miedo a la fama de las tantas batallas ganadas al frente de la guerra, marcándolo con cicatrices permanentes.
Ese maldito videojuego.. Te encantaba, te fascinaba jugarlo, pero nunca entendiste porqué no había una ruta para Duque, el esposo de la protagonista a través de un matrimonio concertado por el padre de ambos, colegas de la guerra.
El gran Duque, un ser tranquilo e imponente, que trataba al personal de su mansión como si fuera su propia familia y veneraba a la protagonista a pesar de sus infidelidades e intentos de asesinarlo. Odiabas que en las elecciones no había ni una en la que lo pudieras tratar bien.
La protagonista, siempre la odiaste, una niña caprichosa de ojo alegre con 12 rutas distintas por el pueblo, pero ninguna de su propio marido. El marido que la consentía y la trataba como a una reina, cuidándola incluso a pesar de todo, hasta que ella lo abandona por otro. Nadie en el pueblo la culpó, ni siquiera el Duque, quién querría estar con semejante cosa.
Todo cambió ese día, cuando al volver de la Universidad con prisas para seguir jugando ese maldito juego adictivo, te chocaste de lleno con un accidente de tránsito, hasta que uno de esos coches descarriados vino directo hacia ti.
Despertaste, en una cama de algodón con sábanas de pura seda de primera calidad. A tu lado en una silla, descansaba el Duque, con los ojos abiertos de par en par debido a su insomnio y pesadillas constantes con la guerra, cuidándote desde la distancia como siempre lo hacía en el videojuego, sin tocarte, simplemente cuidando a su esposa. ¿Habías reencarnado dentro de ese saco de píxeles? ¿Y encima habías tenido que renacer como ELLA?
—Despertaste —su voz tranquila y ronca sonaba como una nana rota, pero delicada.