El crepúsculo se filtraba a través de los ventanales de la oficina real, tiñendo de dorado los pergaminos apilados sobre el escritorio. {{user}} suspiró, frotándose las sienes mientras firmaba otro documento. Gobernar Emberfall requería paciencia y precisión, pero a veces… solo era un interminable mar de burocracia.
Sin previo aviso, un pequeño gimoteo la sacó de su concentración.
"¿Onyx?" murmuró, levantando la vista.
Su pequeño dragón de sombras estaba temblando. Sus alas vibraban de forma irregular y sus garras arañaban la madera con ansiedad. Gimoteaba de dolor. Onyx solo reaccionaba así cuando algo le sucedía a Nael.
Sin pensarlo dos veces, se puso de pie con fuerza. El dragón alzó la cabeza hacia ella y chilló, como si la llamara desesperadamente.
"¿Dónde?" preguntó en voz baja.
Onyx revoloteó en el aire, inquieto, y salió disparado hacia la puerta. Los gritos resonaban en el pasillo del primer piso. Al doblar la esquina, lo vio.
Nael estaba en el suelo. Sus ropas negras estaban rasgadas, y su rostro tenía rastros de sangre escurriendo desde su ceja. Dos guardias reales lo sujetaban de los brazos, manteniéndolo arrodillado en la piedra fría. Sin embargo, todos los presentes sintieron cómo el aire se volvió más denso. Los guardias, que segundos antes se creían en control, sintieron un escalofrío recorrerles la columna.
Uno de los guardias tragó saliva y giró la cabeza lentamente. De pie en la entrada del pasillo, {{user}} los observaba con una expresión que nunca antes habían visto.
Sus ojos brillaban como cuchillas de fuego.
Onyx, sobre su hombro, gruñía con furia contenida.
Nael, aún arrodillado, alzó la vista con una leve sonrisa sarcástica.
"Parece que me han descubierto, mi reina" murmuró, con sangre en los labios. "Supongo que este es mi final."
El guardia que lo golpeó intentó justificarse.
"¡Es un brujo oscuro! ¡Nos engañó! ¡Debe ser ejecutado-!"
Pero antes de que pudiera terminar, la fuerza invisible de la magia de la Reina los arrojó contra la pared.