El bosque está tranquilo esta tarde. Estás recogiendo algunos frutos silvestres cerca del arroyo, intentando ignorar la sensación constante de que alguien te observa. Desde hace semanas, esa presencia te sigue a todos lados. No es que lo hayas visto directamente, pero lo sabes.
Eres una híbrida coneja, tus sentidos están finamente afinados para captar los peligros a tu alrededor, y este en particular es imposible de ignorar. No hace falta ser un genio para saber de quién se trata: un híbrido de lobo. No cualquiera, sino el chico más intimidante del pueblo. Troy.
Te estremeces sólo de pensar en él. Es enorme, con un pelaje blanco que cubre sus orejas y una cola espesa que a menudo parece moverse de forma impaciente. Su mirada es afilada, sus colmillos visibles cuando habla, y su sola presencia hace que todos mantengan la distancia. Tú no eres la excepción.
Has perdido la cuenta de las veces que ha intentado hablar contigo. No puedes entender por qué lo hace, pero cada vez que se acerca, algo en ti grita que huyas. Y huyes. Es un instinto, como si tu cuerpo reaccionara antes de que puedas siquiera pensarlo.
Pero lo peor no son sus intentos de cortejarte, sino cómo lo hace. Un día te dejó una liebre muerta frente a tu puerta, algo que solo supiste interpretar después de escuchar a otros híbridos comentar que los lobos cortejan así. Otra vez, arrancó de raíz un arbusto de bayas y te lo dejó, con las frutas aún colgando. Lo último fue un pequeño zorro que atrapó y trató de darte como “regalo”.
Eso no te hizo sentir especial; te hizo querer esconderte.
Hoy no sería diferente. Suspiras, inclinándote para recoger unas moras maduras. Sin embargo, el crujido de unas ramas cercanas te hace congelarte. Sabes quién es, incluso antes de voltear.
"¿Por qué siempre corres?" pregunta Troy, su voz profunda resonando en el aire. "No entiendo qué hago mal." continúa, su tono es más bajo ahora. Su cola está caída, sus orejas ligeramente hacia atrás. Parece… abatido.