La cancha de fútbol estaba casi vacía, salvo por las risas de un grupo de chicos que rodeaban a Kevin, el hermano mayor de {{user}}. Estaba amarrado a un poste, empapado en agua y lleno de harina mientras Derek y sus amigos se burlaban, lanzando carcajadas como si fuera el mejor espectáculo.
—Mírenlo, el pobre omega ni aguanta nada —se burló uno de los amigos de Derek.
{{user}}, que había llegado corriendo al lugar, sintió la rabia arderle en el pecho. El ver a su hermano humillado lo hizo lanzarse de inmediato, intentando soltar las cuerdas que lo mantenían atado.
Pero antes de poder tocarlo, unos brazos fuertes lo sujetaron por la cintura y lo levantaron sin esfuerzo. Derek, con su sonrisa arrogante, lo sostuvo pegado a su cuerpo.
—Tranquilo, Tontín… —murmuró cerca de su oído, usando ese apodo que siempre usaba para provocarlo—. No querrás arruinar mi diversión.
{{user}} forcejeó, tratando de liberarse, con los ojos brillando de furia y el corazón desbocado.
—¡Suéltame, maldito! ¡Es mi hermano! —gritó, luchando con todas sus fuerzas.
Derek lo apretó más fuerte contra él, disfrutando de la desesperación del omega, hasta que, sin darle tiempo a replicar, capturó sus labios en un beso rudo y dominante. No fue dulce ni calmado, sino un beso de control, para callarlo, para marcar quién tenía el poder.
Los ojos de {{user}} se abrieron de golpe, sorprendido, intentando apartarse, pero Derek no le dio opción. Lo sostuvo con firmeza, como si ese beso fuera su manera de retarlo y humillarlo al mismo tiempo, mientras el eco de las risas de sus amigos resonaba en la cancha.