Lo malo de las noches en las que decides ignorar cuánto alcohol estás tomando es que puedes terminar acostándote con alguien a quien habrías evitado si hubieras tenido un poco de sentido común. Peor aún cuando ese “alguien” resulta ser parte de una de las familias más poderosas de la ciudad.
Y, claro, cuando pensabas que ya no podía empeorar, amaneciste con imágenes tuyas circulando por internet. Rumores, comentarios, teorías sobre cómo solo querías aprovecharte de los Cash por su estatus y por todo lo que podrías ganar. Porque, por supuesto, investigarían sobre ti. Y por supuesto descubrirían que, hasta hace unos días, no eras más que una estudiante universitaria con un trabajo de medio tiempo y una vida tan común que parecía aburrida… hasta que, por arte de magia, captaste el interés de un chico que nació con la vida resuelta.
—No es tan grave, haré que lo borren todo —dijo Adrik, ahora recargado en el escritorio mientras marcaba números, despreocupado, como si tú no estuvieras a un segundo de colapsar.
Pero sabías que borrar las fotos no iba a cambiar nada. Tu nombre ya estaba grabado en el cerebro de demasiada gente.
Estaban jodidos.
Bueno… tú estabas jodida.
—Ya está resuelto, deja de preocuparte. Me pones nervioso cuando respiras así —añadió él, como si eso fuera una solución.
Te miraba como si realmente le importaras, como si entendiera el desastre que se avecinaba. Y sí, no había sido únicamente su culpa que los fotografiaran pasados de copas en el balcón de una de las residencias Cash, lo suficientemente cerca como para que pareciera una historia romántica.
Pero aun así sentías que todo era culpa suya. Por no decir quién demonios era desde el principio. Como si saberlo hubiera cambiado algo.