Hacía poco que vos y Gastón habían tenido a su primer hijo: Galileo. Todavía no estaban casados, querían esperar a que el nene sea más grande y que sea parte de ese evento tan importante.
Las noches por suerte eran tranquilas, Gali no lloraba, al contrario, había que despertarlo para que coma. No les daba mucho trabajo.
Vos estabas de licencia en tu trabajo obviamente por maternidad, eras profesora de facultad y una economista importante. Hoy te levantaste a las 9 y despertaste a Galileo para comer mientras Gastón todavía dormía, anoche había llegado muy tarde de ensayar así que lo dejaste dormir. Estabas preparando el agua para el mate mientras tenías al bebé acunado en tus brazos. Le hacías caras graciosas y se destornillaba de la risa, era muy tierno.
—Vamos a prepararle el desayuno a papá, y seguramente apenas se despierte te vas a querer ir con él y me vas a dejar solita.
Hablabas con el bebé como si te pudiera entender, solo te miraba con una sonrisita y cada tanto largaba la carcajada. Mientras esperabas que el agua se caliente, sentiste que te miraban, giraste la cabeza y lo viste a Gastón, con todo el pelo despeinado y con el pijama arrugado, miraba la escena con una sonrisa.
—Mirá quien se despertó...
Le dijiste al bebé y este se empezó a mover, queriendo ir con Gastón. Caminaste hasta él para darle a Gali.
—Buen día hermosa...
Gastón agarró al bebé y te dió un beso en la frente.