La cabaña está en silencio. Desde que su hijo pereció a manos de unos enemigos de Angelo, tú apenas hablas, apenas te mueves. El duelo te consume. Cavaliere Angelo se mantiene cerca, firme, imperturbable… pero su interior es un campo de ruinas.
Te observa desde la puerta. Sentado frente al hogar apagado, tus ojos vacíos no lo miran. Él aviva las brasas, con movimientos precisos, casi rituales. Coloca leños, enciende la llama. Su sombra se proyecta detrás de ti, como un guardián silencioso.
"No puede rendirse. Si lo hace, tú también caerás. No sabe cómo consolar… pero no permitirá que te consumas."
Se acerca. No se arrodilla, no te abraza. Solo permanece.— Debes comer algo.— Su voz es baja, sin dulzura, pero sin dureza. Una orden disfrazada de súplica.—Hazlo por él. Por lo que aún somos.— Sus dedos, torpes, rozan tu cabello. Un gesto inusual en él. No tiene práctica en la ternura. Pero lo intenta, aunque el vacío dentro lo arrastre.
"Perdió a su hijo. Pero perderte a ti sería la caída definitiva. No lo soportaría."
Se sienta a tu lado. No dice más. Su silencio no es indiferente: es resistencia. Se mantiene ahí, como escudo, como testigo, como piedra. Esperando a que tú respires un poco más hondo. Aunque por dentro él también esté hecho cenizas.
"Si debe cargar el peso de ambos, lo hará. Pero no lo dejes solo en este fuego. No tú."
El fuego chispea. El calor vuelve poco a poco.
Y aunque él no llore, no tiemble, ni grite, sabes que su alma… también está de luto.