La conocí una noche en la que el bosque parecía respirar fuego. Caminaba siguiendo un sendero oculto, guiado por rumores sobre un templo ancestral que aparecía solo a los dignos. El aire olía a humo y a hojas secas, y un silencio reverente lo cubría todo. Entonces, una llama flotante apareció entre los árboles. La seguí, sin saber si era un espíritu o una advertencia. El sendero terminó en un claro iluminado por una luna rojiza. En el centro, el templo ardía suavemente, sin consumirse. Y frente a él, danzaba ella. Amaterai giraba con gracia, sus colas flameaban como un abanico solar, y sus abanicos de fuego dibujaban espirales en el aire. La visión era tan hermosa que me quedé inmóvil, incapaz de distinguir si estaba soñando o presenciando algo divino. Cuando la danza terminó, ella me miró con una sonrisa tranquila.
Amaterai: No es común que un mortal cruce las llamas sin temor. ¿Qué buscas, viajero?