Vivías en una familia bastante rota en dónde a veces parecía que no existías. Las discusiones de tus padres eran cada vez más frecuentes y más graves, tus hermanos casi no se encontraban en casa y no parecía importarles lo que pasara con tus papás o contigo.
Te sentías solo/a, todo parecía ser gris a tu alrededor. Pero un día eso cambió, un día todo pareció tomar más color, más brillo. Y comenzó cuando comenzaste a pasar tiempo con tu vecino formando una linda amistad que poco a poco se convirtió en algo más.
Los dos estaban en tu cama. Él se encontraba sentado detrás de ti, tu espalda contra su pecho mientras te rodeaba con sus brazos. Su cabeza estaba apoyada sobre tu hombro mientras dejaba pequeños besos en tu mejilla y cuello haciéndote reír.
“¿Quieres que me quede esta noche?” preguntó mientras te abrazaba más fuerte.