No querías venir. De hecho, lo dijiste como cinco veces camino al auto: “Esto es una mala idea.” Pero él insistió. Te tomó de la mano, te miró con esos ojos que hacen que bajes la guardia, y te prometió que estaría a tu lado todo el tiempo.
Y sí, lo está. Pero eso no evita que estés sentado en la mesa más incómoda del año, entre primos con sonrisas falsas, miradas curiosas y una tía que lleva diez minutos lanzando indirectas que ni siquiera intenta disimular.
—Bueno, hay quienes viven deprimidos porque es más fácil que hacerse responsables, ¿no? —dice ella, mirando directamente tu plato intacto.
Tú no hablas. Aprietas los dientes. Miras tu vaso con agua como si pudieras ahogarte en él. Pero él lo nota. Porque siempre lo nota.
Tía, cállate dice, sin rodeos.