Bang Chan no era solo popular: era el chico de la escuela.
El capitán del equipo. El presidente del club de música. El que todos saludaban, buscaban, imitaban.
Y tú… eras lo mismo. Guapa, querida, brillante. La gente competía por sentarse contigo a la hora del almuerzo, por ser tu pareja en proyectos, por robarte unos segundos de atención en los pasillos.
Eras tan popular como él. Tan intocable como él. Tan imposible como él.
Por eso todos se sorprendían cuando veían que Chan gravitaba hacia ti como si estuviera atado por una cuerda invisible.
En los pasillos, se te unía sin preguntar. En clase, siempre terminaba sentándose a tu lado, aunque significara pedirle al profesor que reorganizara el grupo. Y cuando alguien hacía un comentario sobre ti —incluso una broma tonta— él levantaba la mirada… y el silencio caía inmediato.
Todos pensaban que era rivalidad. Dos populares marcándose territorio.
Tú no. Tú simplemente creías que él era un buen amigo. Que te cuidaba porque te apreciaba. Que eran compañeros, nada más.
Hasta que llegó esa tarde en la parada del bus.
Había sido un día largo, y tú hablaste distraídamente de un chico de su clase que te pidió prestados los apuntes. Nada raro. Nada especial.
Pero Chan se quedó muy quieto. Demasiado.
Apretó la mandíbula, sus ojos fijos en un punto cualquiera de la calle. Tenía tus cosas en la mano —tu mochila, porque él siempre insistía en cargarla— y sus dedos empezaron a jugar nerviosos con las correas.
—Ese tipo no te conviene… ni como amigo —murmuró.
Su tono sonaba casual, casi aburrido. Pero la tensión en sus manos lo delataba. Su voz tenía un filo que solo aparecía cuando se trataba de ti.
Tú te reíste suave, pensando que exageraba. Pero él no.