La noche cayó sobre la base como un peso denso. El ruido habitual de botas, armas y comunicaciones había bajado, y tú aprovechabas el pequeño respiro para revisar tu equipo. La misión del día siguiente sería una infiltración nocturna. Estabas en la zona común, limpiando tu rifle en silencio… hasta que Keegan apareció. Te ofreció ayuda, un gesto amable, casi demasiado cercano.
No lo notaste, pero Kick sí.
Desde el otro extremo de la sala, donde pretendía solo estar ajustando su visor térmico, observó cada gesto, cada palabra entre ustedes. Conocía a Keegan desde hacía años. Sabía leerlo. Y lo que vio no era cortesía.
Era interés.
Kick se forzó a apartar la mirada. Su mandíbula se tensó por un momento. No dijo nada. No tenía por qué hacerlo. ¿Qué derecho tenía a incomodarse por algo así? Keegan era su hermano de armas. Tú no le pertenecías. Nadie le pertenecía a nadie. Pero aun así...
Cuando Keegan se marchó, tú seguiste trabajando con normalidad. Kick se te acercó finalmente, como si recién te hubiera notado.
—¿Te dijo algo útil o solo estaba ahí... respirando encima de ti? —murmuró, con una media sonrisa forzada mientras se apoyaba contra la mesa.