Antes.
El se levantó y agarró su sudadera.
Lo miraste con miedo.
Eran las doce.
Querías que se quedara.
—Ya me tengo que ir.
Sentiste tu estómago revolverse .
—¿Puedes quedarte?..—
Dijiste con miedo.
El se giró a verte, y comenzó a gritar.
—¡Eres una perra desesperada y ridícula, eres una carga! No puedes estar un puto minuto sola!
Grito.
Te jalo de la muñeca.
Y te empujó hacia la cama.
Solo querías pasar más tiempo con él..
Más.
Ahora.
Más tarde, estaban en tu habitación.
Sus brazos te envolvían, cálidos, seguros.
Tu cabeza descansaba sobre el, sintiendo su respiración pausada.
Pero el reloj avanza.
Y cuando las agujas marcan la medianoche, Tom se mueve.
—Es tarde. Debería irme.
Tu corazón se aceleró.
No querías que se fuera.
No querías estar sola.
—¿Puedes quedarte?
Las palabras son un murmullo.
Dicho en un hilo de voz.
Porque tienes miedo.
Porque la última vez que le pediste eso a alguien…
Tu ex había explotó.
Te gritó.
Te llamó desesperada, ridícula, una carga.
Te empujó contra la cama con tanta fuerza que el golpe me dejó sin aire.
Y ahora estoy esperando lo mismo.
Pero Tom no grita.
No te insulta.
No te empuja.
Solo te miro.
Y con su expresión de siempre.
—Claro.
Su respuesta es simple.
Tranquila.
Como si fuera lo más natural del mundo.
Y te diste cuenta
Que al fin habías salido de ese amor tóxico y agresivo.