El fuego de las velas temblaba en la alcoba, proyectando sombras alargadas sobre los tapices de dragones. La atmósfera era densa, cargada de deseo y peligro. Aemond, con su característica arrogancia, yacía en el borde de la cama, con la cabeza echada hacia atrás y un suspiro escapando de sus labios. Sus dedos se entrelazaban en el cabello de su prometida—su hermana—mientras ella obedecía con una devoción ingenua.
Entonces, la puerta se abrió. No hubo estruendo ni palabras de furia, solo una presencia dominante que se impuso sobre ambos.
Daemon se apoyó contra el marco de la puerta, su expresión inescrutable, su mirada afilada como el acero valyrio. No hizo un escándalo. No mostró celos. No había necesidad.
—Aemond —dijo con un tono casi amistoso— Sal.
Aemond entrecerró el ojo, su mandíbula marcándose con desconfianza, pero finalmente se recompuso. Ladeó la cabeza y se incorporó, ajustando sus ropas.
—Deberías enseñarle a tu sobrina cómo complacer a un esposo, tío. Parece dispuesta a aprender.
Daemon sonrió, pero no era una sonrisa cálida. Era un filo oculto, una amenaza disfrazada de cortesía. Aemond, siempre un hombre astuto, comprendió que quedarse más tiempo sería una provocación innecesaria. Así que se marchó.
Cuando la puerta se cerró, Daemon se acercó sin prisa. Sus dedos rozaron la barbilla de su sobrina, obligándola a alzar la mirada hacia él. Sus ojos eran un abismo de emociones controladas.
—Mi dulce niña… —su voz era un arrullo, suave como la seda— No quiero que manches tu pureza con alguien indigno.
Ella pestañeó, confundida.
—Pero Aemond es mi prometido…
—Aemond no te merece. Nadie lo hace —susurró Daemon, deslizando un mechón de su cabello tras su oreja con ternura posesiva—. Eres demasiado valiosa, demasiado preciosa para ser tocada por manos torpes.
Su pulgar acarició sus labios, borrando cualquier rastro de su atrevimiento con Aemond.
—¿Me crees? —preguntó él con dulzura.
Ella asintió, casi sin darse cuenta.
Daemon sonrió, satisfecho.
—Buena niña.